martes, 5 de agosto de 2008

Mi confrontación con la docencia



Fui estudiante universitaria en los 80s en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Estudie Historia. En aquellos años, las escuelas preparatorias incorporadas a la UNAM contrataban como profesores a estudiantes universitarios, con el 75% de créditos cubiertos.
En esa época era común que los amigos de la facultad te “avisaran” de horas disponibles para trabajar como profesor. Así, en un día de escuela, tuve la oportunidad de trabajar en una preparatoria de la ciudad de México.
Era el año 1982, el encuentro con la docencia lo tenia ante a mí. Un amigo y compañero de la carrera, dejaba sus “horas” y buscaba quien lo sustituyera. Y tras breves comentarios sobre el domicilio de la escuela, la cantidad de horas, las asignaturas y algunas recomendaciones sobre como “enseñar”; acepté. De tal forma, antes de terminar la carrera ya era profesora de Historia de México.
El último año de la carrera lo combiné con mi primer año de experiencia como docente en el nivel medio superior. Por las mañanas trabajaba en la prepa y por las tardes estudiaba en la Universidad.
La relación entre la carrera que estudiaba y mi inicio como maestra se dio de manera natural. Para mi, fue mi primer trabajo y en su momento representó una condición de independencia y madurez personal y, ante todo, la llegada a la adultez; sobretodo por la responsabilidad de actuar como maestra ante jóvenes casi de mi edad.
Así, entré a la docencia, casi como una prolongación de mis estudios. No contaba con conocimientos pedagógicos, ni práctica para enseñar; entonces, reproduje el modelo de enseñanza de mis profesores; a pesar de haber cursado, en ese año, dos semestres de didáctica de la Historia. Asignatura que pretendía satisfacer los requerimientos necesarios para la enseñanza de la Historia en el nivel medio superior. En las clases de esa materia, la profesora nos trasmitía sus experiencias personales en la aplicación de los programas de historia de la Escuela Nacional Preparatoria de la UNAM; en las condiciones del trabajo con los jóvenes y en el tratamiento de los temas históricos.
Tras cinco años de trabajos en prepas incorpordas a la UNAM, realice mi trabajo de tesis profesional. Esta actividad me puso en contacto con el ambiente de la investigación histórica y más de una vez escuché en boca de investigadores: qué bueno que dejaste la docencia, Lilia, porque los historiadores que se dedican a ella se vuelven muy elementales. En aquel entonces pensé y aún hoy lo considero así, que esas afirmaciones son prejuicios e incluso muestras de desprecio hacia la educación de nivel medio superior, que, por supuesto, nada tiene “elemental” Mi paso por la investigación fue breve, trabaje cuatro años, primero como becaria y luego como ayudante de investigación.
Pronto regrese a la docencia. Abandonar el camino de la investigación no me causó ningún pesar. Nunca sentí que dejaba una oportunidad, más bien lo tomé como una decisión para continuar mi camino, como estudiosa de la Historia, en la interpretación, discusión y aprendizaje de los procesos históricos en el ambiente estudiantil del nivel medio superior. Etapa educativa que considero muy importante en la vida de las personas; ya que para muchos, desgraciadamente, es la última oportunidad para estudiar organizada y disciplinadamente el conocimiento en general y, en particular, el conocimiento histórico. Además pienso que la educación media superior puede ser de gran trascendencia, pues trabajamos con los futuros ciudadanos del país, quienes necesitaran de todo su conocimiento, su criterio, su sentido común, su intuición y sus capacidades para resolver los problemas de la sociedad actual.












1 comentario:

Marichuy dijo...

Hola Lili

Que gusto para mi encontrar en tu relato el gusto por la docencia, la elección conciente de esta actividad como profesion de vida. Te felicito. y puedo apreciar también tu profesionalismo y tu compromiso.

Adelante

Marichuy